La Ciudad Deportiva

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¡El Atlante no se va!

por | April 15, 2014 9:21 AM
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A la memoria de Juan B. Climent Beltrán,
atlantista desde su llegada a México
e inspirador de estas líneas.

 A Ulises Barquet y Clemente Molina-Enríquez,
con mi solidaridad

Un republicano español exiliado en México desde 1940, lejos de abrazar los colores de los equipos de la colonia española en nuestro país, como el Real Club España o el Asturias, se decantó por una escuadra de raigambre popular en la capital: el Atlante FC, preferido de los obreros y propiedad del entonces jefe de la policía citadina.

Esa extraña querencia por un equipo sin ribetes españolistas se explica en parte por la nula solidaridad —si no es que la franca hostilidad— que muchos españoles o descendientes de éstos le prodigaron a él y a otros exiliados a su llegada, pero también puede entenderse como una forma de gratitud hacia el país de acogida y como el deseo de insertarse, sin cortapisas de origen, en su nueva comunidad.

La afición al Atlante le resultaba inmejorable para experimentar la necesaria pero difícil transmutación de inmigrante a inmigrado: la asistencia asidua a la tribuna azulgrana, abarrotada por capitalinos de oficios variopintos, le permitía adquirir una familiaridad paulatina con las costumbres, el lenguaje y las formas del ser más chilango, una suerte de curso intensivo de mexicanidad que hacía posible comprender la equivalencia entre el conocido saludo Qué tal, señor y el recién aprendido Quiubole, Manito.

No es difícil imaginar que después de una tarde de domingo entre atlantistas de cuna y tacos placeros, el nuevo converso corriera presuroso a ensayar frente al espejo las expresiones y los gestos de sus vecinos de asiento, con el objeto de que las lecciones recibidas en el graderío le permitieran camuflar su nacionalidad y así poder encontrar empleo y mejores condiciones de vida en un país en el que campeaba un rancio antiespañolismo alimentado por rencores postcoloniales y por una enseñanza maniquea de la historia.

Los avatares del mundo se encargarían de frustrar la posibilidad de un regreso digno y seguro a España, pues se desvanece paulatinamente —hasta extinguirse totalmente después de la Segunda Guerra Mundial— la expectativa de que la falta de reconocimiento de la comunidad internacional hiciera caer al régimen de Franco. Quizá el saberse exiliado por tiempo indefinido —que se convertiría en vitalicio por convicción personal— lo fue llevando a asirse con más fuerza no sólo al trabajo cotidiano que le dio el sustento para poder formar una familia en México, sino también a reforzar su afición atlantista, que representaba un asidero de identificación con el país y con la ciudad donde habría de echar raíces.

Atestigua la entronización del Atlante como el equipo más popular de México —en 1944 se filma la película Los hijos de Don Venancio, en la que se ve al goleador azulgrana Horacio Casarín alternar con Joaquín Pardavé— de la mano de los triunfos obtenidos en los años que marcaron la transición del amateurismo al futbol profesional en México: campeón de Liga Mayor 1940-1941, campeón de Copa y campeón de campeones 1941-1942, así como campeón de Liga 1945-1946.

Aproximadamente veinte años después y a pesar de que su economía apenas se lo permitía, se hace de un par de lugares en el recién inaugurado Estadio Azteca para seguir, domingo a domingo, la marcha de los azulgranas y, por supuesto, la de la selección mexicana.

Si bien es cierto que en las décadas posteriores el éxito no acompaña a sus Potros de Hierro —que inclusive descienden de categoría a mediados de los setenta, a finales de los ochenta y a principios de los dos mil, mientras que sólo cosechan un par de títulos de Primera División en el umbral de los noventa y en 2007— no se suma al furor por los equipos de la época, da prueba de su estoicismo futbolero y se mantiene fiel a los azulgranas, que son para él, más que un timbre de orgullo deportivo, una forma de recordar aquellos fogones primigenios en que se gestaban y se alimentaban recíprocamente una nueva afición y una nueva vida, inexorablemente imbricadas.

Sólo él supo en qué medida esa sencilla e inveterada simpatía por el Atlante le ayudó a poder convertir la “noche insomne del exilio” en lo que él mismo calificó como “un nuevo amanecer” en tierra mexicana.

Murió en 2008, justo un año después del más reciente título azulgrana y de la que —por el bien del futbol nacional y de miles de aficionados— ojalá haya sido su última mudanza. Quizá ya no quiso ver al equipo a 1,300 kilómetros de distancia de sus seguidores, quienes por un capricho del poder político y económico se vieron despojados de su alegría semanal.

El descenso de ayer ya no lo vio. Pero a los atlantistas de hoy les toca la encomienda de “rescatar del barro las primeras hilachas de la gloria”, esa gloria que él sí conoció.

No somos pocos los que, parafraseando el cumbianchero himno atlantista interpretado por la Sonora Santiesteban, esperamos que los Potros de Hierro y su afición cumplan una nueva promesa de volver a la Primera, “con los colores azulgrana, con la garra acostumbrada, en la pelea nuevamente”.

*Foto: Mexsport

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