La Ciudad Deportiva

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Jugar al futbol de oído: “Los Murciélagos”

por | October 29, 2013 7:00 AM
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La selección nacional de fútbol para ciegos, los “Murciélagos”, es un vehículo de reinserción social para quienes han perdido la vista

Alrededor de la cancha del Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (CENARD) pasan automóviles, aviones, colectivos y se oyen estruendos provenientes del Club Atlético Tiro Federal Argentino. El ruido es constante. Los sonidos del entorno se complementan con los gritos de los integrantes de la selección nacional de fútbol para ciegos, los “Murciélagos”. Lo menos ruidoso para algunos terminan siendo las sonajas que se encuentran dentro de la pelota, guía fundamental para los futbolistas dentro del terreno de juego. Con una capacidad asombrosa, los jugadores se mueven naturalmente dentro de la cancha: siempre saben hacia dónde están jugando, y los caños, amagues y disparos angulados al arco son parte de la rutina.

“¡Derecha, derecha! ¡Lateral! Tres, dos, uno… ¡arco!”, grita Germán Márquez, preparador físico y “llamador” del equipo. El “llamador” se encarga de ordenar la defensiva del conjunto a través de comandos claros. Mientras tanto, habla de los cambios que ha podido apreciar en los jugadores gracias a la práctica deportiva. “Por ser ciegos, en ocasiones esperaban todo servido, una vida asistida, y la cosa no es así”, comenta.

Campeones del mundo en 2002 y 2006, además de haber obtenido la medalla de plata en Atenas 2004, bronce en Beijing 2008 y el cuarto sitio en Londres 2012, los “Murciélagos” es un equipo que, de acuerdo con su técnico Martín Demonte, tiene otros valores en juego, además del éxito deportivo. “El primer triunfo es que vengan a entrenarse. Hay gente que crece en otros aspectos; ellos tuvieron el fútbol. Trabajamos con eso en mente, pero es fundamental exigirles otra clase de sacrificio porque son deportistas de alto rendimiento. No se permiten las impuntualidades ni las faltas de respeto con los compañeros. Esta selección contagia, genera un compromiso que es único.”

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Demonte explica que, más allá de haberse convertido en referentes dentro de la cancha, muchos jugadores también se volvieron piezas angulares dentro de su familia. “El éxito no es obra de la casualidad. En cualquier ámbito tiene que ver con gente que busca mejorar su condición”, agrega.

Para las personas que sufren una discapacidad, la reinserción en la sociedad puede darse gracias a diversos aspectos, como la música, las artes plásticas o el estudio. Los “Murciélagos” y sus sucesores, se relacionan con su entorno de otra manera gracias a que practican deporte.

Un caso sintomático en la selección es el de Froilán Padilla, jugador de 33 años proveniente del pueblo Nueva Esperanza, en Santiago del Estero. “Coki”, como se le conoce dentro de la selección, comenta: “Era un chico muy mimado. A pesar de que no teníamos mucho, me daban todos los gustos que quería. Sin embargo, yo sentía que tenía que hacer algo por mí y por eso me fui de mi pueblo para Buenos Aires. Estuve deambulando por todos lados, en algunas ocasiones no tuve dónde vivir.” Después de estar dos años en Buenos Aires, Froilán tuvo contacto con el Instituto Román Rossell, donde trabajaba Martín Demonte.

En ese entonces “Coki” jugaba al fútbol con disminuidos visuales y, a pesar de haber sentido la pérdida de visión absoluta a los 18 años, negaba su condición. En una ocasión corrió a la banda para alcanzar una pelota, pero al no poder ver, pateó con fuerza a Demonte, que se encontraba viendo el partido. “Golpeé a Martín y me sentí con mucha bronca. Me fui al baño llorando y él me alcanzó. Me dijo que no fuera un boludo, que no tenía porqué sentirme mal si no lo podía ver. Fue entonces que me invitó a jugar con ellos y comprendí que, efectivamente, estaba ciego”, relata.

Respecto de la clasificación de discapacidades visuales habla Víctor Paris, médico oftalmólogo que trabaja directamente con la Federación Argentina de Deportes para Ciegos (FADEC) y con el CENARD: “Los criterios en el deporte para funciones como la motora tienen que ver con la funcionalidad. En el caso de la vista, las cosas son blanco o negro”. Si bien existen las clasificaciones B1, B2 y B3 dentro de los discapacitados visuales, es importante tomar en cuenta que para participar en los deportes adaptados para ciegos el criterio se basa en “ver o no ver”, según comenta Paris.

El oftalmólogo agrega que después de que se intentó hacer todo por un paciente, pero éste ha perdido la vista, su labor para muchos está terminada. No obstante, en la práctica apenas comienza un proceso que también requiere el apoyo de un médico. “La labor es decirle: ‘Tu ojo no va más y no hay nada que yo pueda hacer por ti, pero hay otro mundo maravilloso que podrás entender si primero aceptas que te quedaste ciego. Si sigues dando vueltas y teniendo a papá que te cuide o a la mujer que te dé vueltas, no se va a poder.’ Uno tiene que hacerle entender que necesita ayuda de varias personas y que poco a poco tiene que comenzar una nueva vida”, agrega.

“Siento mucha pena por la gente que no practica deporte, sean ciegos o no”

La ceguera comenzó a ser parte de la vida de muchos de los “Murciélagos” desde que eran pequeños. Martín Demonte y Germán Márquez trabajan hoy en día con el equipo para ciegos de Estudiantes La Plata y el Instituto NANO. Las prácticas incluyen a jugadores como David Peralta, seleccionado nacional, pero también a  niños que sueñan con un día ser parte de la primera división y de la selección nacional. Paralelamente, lidian con su ceguera a través de la práctica deportiva.

Bryan González tiene 10 años y a los 4 perdió la vista por completo. Al año y medio de haber nacido le fue detectado un retinoplastoma y luego de someterse a quimioterapia en el hospital Garrahan le fueron extirpados ambos ojos. Hoy en día usa prótesis y se entrena los sábados en el predio del Instituto San Alfonso, una escuela ubicada en Bella Vista, provincia de Buenos Aires.

César González, padre de Bryan, comenta mientras observa a su hijo desde un costado de la cancha: “Hasta los seis todavía lloraba mucho, le costaba aceptar que se había quedado ciego. Hace un tiempo dijo otra vez que quería volver a ver. Ahora va a la psicóloga y lo va tomando mejor. El fútbol le ha ayudado a distraerse; al principio tenía mucho miedo de moverse, ahora corre de lado a lado. En casa, cuando jugamos, todos nos tapamos los ojos y él nos indica cómo tenemos que jugar.” Además de compartirle su gusto por el fútbol y por River Plate, César le ha inculcado a Bryan el gusto por el ajedrez. “Tiene un tablero especial; a las figuras les pusieron plasticola y tienen relieve, así siempre juega con el suyo. En un torneo en José C. Paz jugaron alrededor de 100 chicos y él llegó a la final”, comenta César mientras esboza una sonrisa característica de padre orgulloso.

Mientras corre con su camiseta de River entre el polvo de la calurosa cancha, Bryan elude a Nacho, otro niño de 12 años que se entrena con Estudiantes en Bella Vista. En el arco está Kevin, primo de Nacho, quien es vidente, como todos los porteros en el fútbol para ciegos.

La tía de Nacho, Angélica Castro, observa al pequeño y comparte que, al igual que a Bryan, a su sobrino le costó aceptar su condición de no vidente. “Nacho perdió la vista a los 5 o 6 años, pero mentía y decía que veía. Con el tiempo creo que hemos aprendido más nosotros de él, que él de nosotros. Al principio, la gente nos veía raro por jugar al fútbol con Nacho con bolsas de nylon cubriendo el balón. Ahora se vendan los ojos para aprender cómo viven ellos. Los campeonatos han sido hermosos y lo han acercado mucho a Kevin, que es como su guía.”

En muchas ocasiones, el miedo de los padres es una de las principales barreras para que un niño con ceguera pueda comenzar con la práctica deportiva. El apoyo familiar es un aspecto fundamental en la reintegración de un discapacitado a la sociedad.

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Germán Márquez ordena a los futbolistas que lleven a cabo ejercicios de ataque y defensa por parejas. Los dos que van a la ofensiva deben combinarse con un pase siguiendo sus órdenes como llamador, mientras que aquellos que defienden lo hacen tomados de la mano. Una de las parejas está conformada por David Peralta, emblema de la selección y de Estudiantes, y por Francesco, un niño de 10 años que comenzó a jugar fútbol hace poco. Más allá de la diferencia de edades, el contraste es avasallador: mientras David corre y se ubica en todos los rincones de la cancha, Francesco no puede dar un paso a velocidad y sin estar acompañado. Fiel a su carácter distendido y amable, David lo lleva de la mano y le dice con enjundia: “¡Vamos Fran! Ésta es nuestra, ¡vamos, vamos!”

Anticipándose la pregunta, Germán explica: “A Fran no lo han incentivado a que se quite el miedo. Al contrario, se lo han pasado todo. Le he comentado a su familia que tienen que llevarlo a correr, a jugar en el jardín, pero tienen miedo. Yo intento trabajar con él de la mejor manera posible, pero tiene que venir mucho de casa también.”

Al hablar con David Peralta, el contraste es todavía más evidente. El jugador de 31 años, oriundo de la provincia de Santa Cruz, perdió un ojo a los 6 años por un accidente con una granada, en el que falleció su hermano. El segundo ojo le tuvo que ser extirpado a los 12. Hoy en día vive en el barrio porteño de Recoleta, está casado desde hace ocho años con Meche y tiene dos hijos: Juanita (3) y Santi (1). “Con un ciego en casa es suficiente”, responde entre risas al ser consultado con respecto a la vista de sus familiares. David comenzó a practicar deportes desde muy pequeño y fue integrante del equipo nacional de equitación de la Argentina hasta los 26 años. “A los ciegos los conocí de grande, porque en mi pueblo yo era el único. Fui a una escuela normal y en el colegio los profesores siempre tuvieron mucha voluntad. Cuando volvía de clases, después de almorzar lo natural era siempre salir a hacer algo, tener algún plan. Mi familia es muy deportista y por eso lo vivimos como un estilo de vida, tal vez por eso entendí mi ceguera con más naturalidad y no me hago tanto problema”, y agrega: “Siento mucha pena por la gente que no practica deportes, sean ciegos o no.”

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“Al principio uno piensa: ‘¿Cómo me va a meter un gol un ciego?’”

En el fútbol para ciegos, los únicos videntes son los entrenadores y los arqueros. La camada de cancerberos que integra la selección argentina proviene enteramente del fútbol sala. Martín Demonte comenta que esta decisión se debió a que buscaban el nivel más alto y empezaron a notar que las habilidades de los futbolistas que practican esta disciplina se adaptan perfectamente a sus necesidades. Fue así que reclutaron a Facundo Fossatti, estudiante de educación física. “Cuando me llamaron, al principio pensé que era una cargada. No tenía idea de lo que era el fútbol para ciegos”, comenta el arquero, de 20 años. Facundo se desarrolló mayoritariamente en el Club Atlético Banfield, teniendo también experiencia en el extranjero con el Pachuca, de México. No obstante, afirma que el formar parte de los “Murciélagos” ha cambiado su apreciación con respecto al fútbol convencional. “Allá se queda todo en el tiempo de entrenamiento; aquí seguimos teniendo contacto todos. El compañerismo y humanidad que he experimentado aquí no los viví en el fútbol convencional”, comenta Fossatti.

Una apreciación parecida es la de su compañero Agustín Rojas, quien actualmente cursa la carrera de Física en la UBA. “Fue muy raro, porque al principio uno piensa: ‘¿Cómo me va a meter un gol un ciego?’, pero después comienza a ver que tiran un caño, un sombrero, que hacen jugadas impresionantes. Además, es doblemente complicado, porque mi función no solamente es atajar. En mi posición se habla mucho y he tenido que aprender a hablarles, a guiarlos en defensa y el encontrar la manera de llegarles para funcionar como equipo a la perfección me tomó casi dos años. A lo largo de ese tiempo también me he dado cuenta de que yo he cambiado, porque vi que estos chicos perdieron el miedo a probar, a entender cosas nuevas”, explica Rojas.

La práctica deportiva no solamente significa una relación distinta con la sociedad de parte de los discapacitados, sino también de los elementos videntes del equipo. Al respecto habla el psicólogo del equipo, Román Barros: “En este equipo hay otros valores en juego, por eso el compromiso es distinto, y quienes vienen del fútbol convencional también lo sienten.”

“Es la mejor madre que mis hijos podrían tener, a pesar de que es ciega y ellos no”

La perspectiva de muchas personas con respecto a la discapacidad, en este la ceguera, es que una vez perdida la vista (o cualquier otro sentido o miembro) también están perdidas otras capacidades, como la de casarse o formar una familia. “Un médico le recomendó a un compañero un tratamiento para un caso particular suyo, como dando por sentado que no se iba a casar”, comenta el arquero Rojas.

El caso de Gustavo Maidana es la refutación de dicha hipótesis. El jugador, que trabaja como empleado en la municipalidad de Escobar, está casado y tiene tres hijas; es el único ciego en la familia. “Guti”, como lo conocen en el equipo, se quedó ciego y paralítico a los nueve años, por lo que permaneció durante un año “clavado en una cama”, para después recuperarse y comenzar a asistir a una escuela para discapacitados. A los 17 años ya era seleccionado nacional y viajó para participar en su primer torneo en Barcelona. Hoy en día es el soporte económico de su mujer y de sus hijas, así como de sus padres. “Dios tenía algo bueno para mí. A los nueve años me pasaron cosas que yo no le deseo a nadie, pero se me cumplió un sueño. Jugué dos copas del mundo y gané en juegos paralímpicos. Mi familia está muy orgullosa de mí”, comenta el veterano futbolista.

Claudio Enrique Monzón comenzó a estudiar su profesorado en música a los 14 años. Después, cursó la carrera de Derecho que dejó porque le era incompatible con la práctica futbolística. En esa época conoció a la madre de sus hijos, Daira (4) y Jonás (9), y de quien hoy en día está separado. “Tengo una buena relación con ella. Para mí, es la mejor madre que mis hijos podrían tener, a pesar de que es ciega y ellos no. Es por eso que nos llevamos bien, porque respetamos a Daira y a Jonás”, explica el rosarino de 31 años.

A diferencia de Gustavo y Claudio, Maximiliano Espinillo afirma “vivir el momento”. El cordobés, de 19 años, es vendedor ambulante de lunes a sábado de 9.30 a 13. Lapiceras, golosinas, pastillas y alfajores son los productos que vende en los colectivos que transitan por la localidad de Argüello, en Córdoba. “A mí no me gustan las relaciones largas”, dice entre risas.

A pesar de no contar todavía con una beca del COPAR (Comité Paralímpico Argentino), Maxi -como lo conocen en el equipo- viaja a Buenos Aires para todas las convocatorias con la esperanza de poder dedicarse enteramente al fútbol. “Yo conocí todo el país jugando fútbol, pero en una época me deprimí y dejé de entrenarme. Pesaba 90 kilos y no estaba en buen nivel. Ahora quiero estar, porque es algo que hago desde siempre, desde que tengo ocho años juego al fútbol”, agrega.

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“El problema es que se necesitan éxitos a nivel internacional”

Formar parte de un seleccionado nacional siempre conlleva una gran responsabilidad y, sobre todo, mucha presión por obtener resultados. Al ser consultados con respecto a la condición del equipo luego de haber ganado dos campeonatos mundiales, el técnico Martín Demonte toma un sorbo de café, respira hondo y contesta: “El exitismo, tan propio de nuestro país, también les llega. El problema es que se necesitan éxitos a nivel internacional. Como no somos países desarrollados en otros aspectos, necesitamos sentirnos buenos en algo. En la Argentina ese algo es el fútbol.”

Mientras Demonte observa la práctica y manda a sus dirigidos, un grupo de curiosos se ha juntado a un costado de la cancha. Después de asistir a varias prácticas de los “Murciélagos”, uno entiende que la imagen es habitual: siempre hay personas sacándoles fotos u observando maravillados mientras se pregunta cómo es que estos hombres pueden jugar al fútbol de esta manera.

El ruido continúa en los alrededores de la cancha y los gritos de los jugadores se intensifican con la ronda de penales que significa la culminación del picado que cierra cada entrenamiento. Mientras practican aquellos fatídicos tiros que los dejaron fuera de la final de los juegos paralímpicos de Londres, los que han errado se van juntando a un costado. Aprovechan el tiempo libre para enviar mensajes de texto o saludar a quienes se han acercado a verlos entrenarse. Una vez culminada la tanda de penaltis, los “Murciélagos” desdoblan sus bastones y comienzan a salir del CENARD. Varios de ellos legan caminando hasta la Avenida del Libertador para esperar el colectivo o seguir hasta Cabildo para tomar el subte.

Mientras cruzan las transitadas avenidas, algunos los ven con preocupación, otros los ignoran y algunos, por pudor, procuran no clavar la mirada en este grupo de jóvenes uniformados con zapatillas, shorts y la celeste y blanca. Todos ignoran que quienes desfilan tienen, al igual que los seleccionados de fútbol convencional como Messi o Agüero, dos estrellas sobre su escudo. La apreciación de los éxitos nacionales es muy distinta. Seguramente porque el alcance de los mismos también lo es, en todos los sentidos.

Las palabras de Martín Demonte dejan el abstracto y toman forma: el objetivo de este equipo va más allá de alcanzar el éxito internacional solamente en el plano deportivo. Su intención es tomar el fútbol como un pretexto para que quienes hayan perdido la vista, no pierdan otros aspectos fundamentales de su vida y convivencia con la sociedad.

Esta investigación fue realizada entre octubre de 2012 y marzo de 2013 como parte del programa de Maestría en Periodismo de La Nación / Universidad Torcuato di Tella.

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