La Ciudad Deportiva

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La Casa del Cocodrilo

por | April 2, 2014 8:34 AM
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Ir al estadio bloquea en mí cualquier capacidad pensante durante la antesala del evento. No planeo, no pienso y no veo cosas evidentes para cualquier persona normal.

Crucé toda la ciudad en metro y cuando estaba a tres estaciones de Merinos, mi bajada, iba retrasado temporal y mentalmente. Europa me había malacostumbrado al enseñarme el respeto al asiento enumerado, el cual le permite al hincha llegar unos escasos minutos antes de que el árbitro vaya con el silbatazo inicial. Me vi ingenuo al ver en la credencial de socio, misma que iba a usar para entrar al partido, ese confiable número “26” a un lado de la letra “A” con la leyenda “Koltuk”, que significa “asiento” en turco, y confiar en que mi lugar me esperaba ansioso con los brazos abiertos. Mi otro desliz fue saber que el Bursaspor jugaba de verde y, aun así, elegir la camiseta de los Tigres con orgullo, teniendo las de Camerún y Alemania (visitante) en mi mochila. “Que vean en Turquía quién manda en México, chingao”, pensaba. Samet, mi amigo e hincha fiel del equipo, me recibió con un bofetón: “¿Pero qué haces? ¿Por qué amarillo y azul? ¡Son los colores del Fenerbahçe cabrón! Y aquí no los aceptamos”. Vaya genio.

Hay que resaltar algo sobre la impuntualidad, eso sí, y es que el fútbol, a diferencia del trabajo o la pareja, la premia. Sí, es cierto, llegar tarde a un partido nos priva de un manjar emotivo: la presentación de los equipos, los himnos y ese silencio único que existe antes de que el árbitro suene el silbato. Ser impuntual te otorga una de las mejores postales que el fútbol pueda ofrecer: el plato servido. Estar agitado en la calle corriendo hacia la entrada, impaciente en la fila de espera y frustrado ante la lentitud e ineptitud de los boleteros, queda en el olvido cuando ves el interior del estadio activo. El grito ensordecedor, las tribunas llenas e inquietas, los jugadores ya enfocados, la gente emocionalmente adelantada a ti y el estadio vibrando, son aspectos que uno no percibe cuando los experimenta gradualmente. Pasar de la nada al todo, de golpe, no tiene precio y no cabe en el olvido.

Ya adentro me puse a buscar el 26A entre una turba de turcos gritones y saltarines hasta que Samet me preguntó que qué hacía. “Busco el asiento pero está bien difícil hallarlo”, le respondí. Pegó una carcajada y me dijo: “Aquí es de donde encuentres y como vayas llegando. Quiero ver que le quites el asiento a un hincha turco… sí, sí, vente ya”. Encontramos un par de asientos y nos sentamos por apenas dos minutos, hasta que me di cuenta que los partidos en Turquía se ven parados.

Tenía la esperanza de ver espectáculo puesta en Fernando Belluschi, músculo del Bursaspor, pero me llevé una gran decepción al percatarme, ya varios minutos más tarde, que no es ni la mitad del Belluschi de River Plate o Porto. Sin embargo, el espectáculo me lo dio el estadio y fue categórico. Al Atatürk de Bursa le caben 25,000 almas y el rival de turno era el Eskişehirspor, uno de los dos Clásicos que tiene el Bursaspor (el otro es Beşiktaş). A diferencia de los equipos en México, que presentan un semi-lleno en los partidos sin trascendencia y un lleno en los Clásicos, en Turquía los juegos normales muestran un lleno y los Clásicos un lleno con gente desbordada y pasionalmente loca.

Al minuto 22 el flamante refuerzo brasileño en el mercado de invierno, Fernandão, se estrenó en casa, ante el odiado rival, en la fantasía ideal para todo jugador. Bicarbonato para ese refresco llamado Atatürk. El público explotó y se olvidó del partido. La mitad del estadio comenzó a cantar y luego los otros 12,500 respondimos con el mismo cántico. La mitad inicial volvió a responder con el mismo cántico, esta vez aplaudiendo. La otra mitad, nosotros, hicimos lo mismo. Ahora los que llevaban la batuta cantaron lo mismo, pero lo hicieron saltando de un lado para otro. Nuestra mitad hizo lo mismo. Luego el cántico pero con la bufanda girando en el aire. Y nosotros no nos quedamos atrás. Finalmente la tonada fue acompañada por celulares prendidos, mecheros o cualquier aparato que iluminase. Y nosotros, bueno, pues igual. Fueron diez minutos de coreografías dignas de cualquier inauguración olímpica o mundialista. Fueron diez minutos bellos, de lo más bello que he visto en mi futbolera vida. Fernandão volvió a hacernos cantar, saltar, aplaudir, mover bufandas y celulares con otro pepino apenas iniciado el segundo tiempo. El eslovaco Šesták finiquitó el jolgorio verde con un tercer gol ya en tiempo de descuento. El Eskişehirspor había descontado antes pero entre tanta juerga al hincha poco le importó o quizás algunos ni cuenta se dieron. Una escama más al cocodrilo, qué va.

Falta algo por aclarar antes de irme. ¿Cómo le hice para ver el partido de auriazul sin armar un royal rumble? Otra gema del hincha turco: las alianzas. Es poco sensato y factible imaginarse a un cristiano metido en la Adicción, apoyando a los rayados con los colores de Tigres. Pero fue posible y se lo debo a Abdulkerim Bayraktar. En los años ’90 Bayraktar, líder del grupo Texas de la barra bursasporiana, se fue a seguir sus estudios en Ankara. En la capital turca, Bayraktar comenzó a ir a los partidos del Ankaragücü y, de paso, a cimentar lazos de hermandad entre ambos equipos. Cuando Bayraktar murió en 1993, torturado por terroristas, ambos equipos le homenajearon y esos lazos se hicieron eternos. Al minuto 6 (código telefónico de Ankara) en cada partido del Bursaspor se grita “Ankaragücü” y en el estadio de los auriazules, al minuto 16 (código telefónico de Bursa), les devuelven el favor.

Turquía tiene ese peculiar semblante de llevar tus cinco sentidos a tope. Asimismo, el fútbol es un reflejo inapelable de la sociedad y los turcos, dentro y fuera de la cancha, llevan la vida a los extremos.

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  • Excelente texto Nico, no quiero imaginarte de auriazul en el estadio. Alguna vez me ocurrió algo parecido cuando Chacarita estuvo jugando en La Paternal en el 2008, a un amigo se le ocurrió ir con una sudadera de Pumas, azul y oro, y enseguida le recriminaron los colores de Boca. Buena anécdota como siempre. Un abrazo

  • Jesús

    Siempre he querido visitar Turquía, ojalá pronto se arreglen los problemas que tienen ahí.
    Los turcos siempre han puesto una cara distinta y gran color en los partidos cuando es posible verlos en competiciones europeas.

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