La Ciudad Deportiva

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Lecciones desde el otro hemisferio

por | November 15, 2013 9:19 AM
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En su libro Ningunos santos. Historia de los desmanejos que dejaron a San Lorenzo al borde del abismo (Ediciones Corregidor, Buenos Aires, 2012, 140 pp.), Pablo Lafourcade, periodista deportivo y abogado argentino de 34 años de edad, narra el cúmulo de desaciertos y francos despropósitos cuyas consecuencias entremezcladas precipitaron a uno de los clubes de mayor tradición y jerarquía en el futbol argentino, el Club Atlético San Lorenzo de Almagro, hasta casi descender a la División B.

Si bien despliega sus dotes de investigación al allegarse la documentación que le permite diseccionar la situación financiera del club y muestra sus habilidades de redactor al hilvanar una narrativa coherente sobre los cambios en la directiva, la dirección técnica y el plantel durante un periodo crítico, Lafourcade escribió este su segundo libro no desde el palco de prensa sino desde la tribuna, con el talante de un aficionado de verdad.

Es precisamente el hecho de que un aficionado pueda disponer de tan abundante y sustantiva información sobre su club lo que llama la atención para un aficionado mexicano como yo, pues en México lo que no sean alineaciones, tablas de posiciones o uno que otro dato parcial sobre los montos económicos de algún traspaso, es información que se mantiene encriptada y sólo es susceptible de ser conocida por los corporativos empresariales a los que pertenecen la mayoría de los equipos, sin que la afición pueda saber cómo se manejan (o desmanejan, como dice Lafourcade), a pesar de que sin aficionados cualquier equipo carece de identidad, de resonancia social y también de valor comercial para fines mediáticos y publicitarios.

No obstante que Ningunos santos es una historia salpicada de intereses, en la que resuenan ambiciones insanas, intrigas variopintas y egos caprichosos, su lectura deja la impresión (si no la certeza) de que la administración de los clubes en Argentina es, al menos, más democrática y más transparente que en México, pues allá, a diferencia de lo que ocurre aquí, los directivos deben su cargo al voto de los socios del club, ante los cuales deben rendir cuentas, y los resultados de su gestión se someten periódicamente al veredicto de las urnas.

Llama la atención que un ex Presidente de San Lorenzo haya calificado su llegada a una responsabilidad directiva dentro del club como “el salto a la esfera pública”. Más allá de que pueda parecer exagerado homologar el carácter público de un puesto directivo dentro de un equipo de futbol con un cargo de elección popular o con una función de Estado, lo que me interesa destacar por contraste es que si hay algo que tiene un manejo absolutamente privado y fuera de cualquier escrutinio (ya no digamos control) en México, es el mundo del futbol. La connotación pública que tienen los dueños de equipos y los directivos mexicanos se debe a sus apariciones mediáticas, casi siempre anodinas, en el mejor de los casos protocolarias. En cambio sus decisiones, las que determinan en buena medida el curso de los acontecimientos en el ámbito del futbol, están libres de cualquier cuestionamiento genuino y exentas de responsabilidad más allá de disculpas retóricas.

Para un aficionado a los Pumas de la Universidad Nacional Autónoma de México, como es mi caso, resulta a un tiempo oportuno y alarmante conocer los avatares por los que atravesó San Lorenzo cuando se puso en riesgo su permanencia en la máxima categoría del futbol argentino, pues en el espejo que ofrece la crisis del club bonaerense bien puede empezar a mirarse el equipo de la UNAM, que acaba de concluir la peor temporada de su historia (que el próximo año alcanzará los 60 años desde su fundación) sumido en el último lugar de la tabla de posiciones, sin haber ganado un solo partido como local en todo el torneo y arrasado en su propio estadio por el equipo con el que existe mayor rivalidad, al que no se le vence hace ya varios años.

Cuando en el libro leo que los peores momentos de San Lorenzo vinieron precedidos por el pago de “sueldos europeos” que hicieron engordar el pasivo hasta volverlo insostenible; por la obtención de préstamos económicos con tasas de interés estratosféricas; por el cobro adelantado de ingresos por derechos de televisión; por relaciones poco claras con grupos de animación (barras); por manejos opacos en la distribución y venta de boletos; por contrataciones desacertadas e irreflexivas que terminan en gravosas indemnizaciones y por la falta de promoción de jugadores juveniles, entre otras desventuras administrativas y deportivas, me invade el temor de que la historia narrada por Lafourcade tenga en los próximos meses una nueva versión teñida de auriazul.

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