La Ciudad Deportiva

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Una pequeña gran sociedad

por | January 20, 2014 7:25 AM
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Durante una charla con Ángel Cappa­, César Luis Menotti, el más famoso y probablemente el más grande conversador de futbol, entrenador campeón mundial en Argentina’78, jugador histórico de Rosario Central y ex director técnico de la selección mexicana, acuñó la expresión pequeña sociedad para designar no una simple dupla de jugadores —de eficacia transitoria y preciosismo fugaz, imposibilitada de volverse memorable— sino su versión mejorada, su expresión superlativa, que como concepto se mantiene vigente en el vocabulario futbolero a pesar de que el balompié actual parece empecinado en que sólo despierte nostalgia por los muy contados ejemplos que en el presente lo dotan de realidad y lo hacen tangible.

Según Menotti, lo importante para saber si estamos en presencia de una pequeña sociedad “es la complementación entre dos talentos que sintonicen la misma concepción del futbol”. El estratega argentino ofrece como ejemplos de pequeñas sociedades las que integraron Di Stéfano y Puskas en el Real Madrid de los cincuenta o Pelé y Coutinho en el Santos de los sesenta. A este listado los contemporáneos bien podríamos añadirle la compuesta por Xavi e Iniesta del Barcelona y de la selección española actuales.

Sin estirar demasiado el significado del concepto y a sabiendas de que el gran técnico rosarino estará de acuerdo conmigo, no dudo en calificar como pequeña sociedad la que resulta de amalgamar el talento literario y la pasión por el futbol que Martín Caparrós y Juan Villoro despliegan en Ida y vuelta, diálogo epistolar entre el escritor argentino y el mexicano a propósito del Mundial Sudáfrica’2010 que la editorial Seix Barral ha tenido el acierto de publicar como libro para goce de la fanaticada futbolístico-literaria.

La elección del título del libro es un tiro de puntería que lleva efecto —comba, jiribilla— pues alude tanto al trayecto que describen las comunicaciones vía correo como a una locución que en el argot futbolero sirve para hacer referencia a un partido en el que ambos equipos llegan al área rival de manera intercalada (partido-de-ida-y-vuelta); o bien, a un jugador que se distingue por recorrer la cancha repetidamente desde su portería hasta la del adversario (jugador-de-ida-y-vuelta) así como también a una fase eliminatoria en la que los contendientes disputan dos cotejos, uno en casa y el otro de visita (partido-de-ida-y-partido-de-vuelta).

Si bien tiene razón Caparrós cuando diagnostica que “el futbol es uno de los temas menos prestigiosos de este mundo y, al mismo tiempo, hay pocas lenguas tan habladas como el futbol”, también es cierto —y prueba de ello es la correspondencia entre el estoico aficionado al Necaxa y su socio bonaerense— que el futbol puede alcanzar, por la épica y el drama que de suyo comporta, una dignidad literaria que va a contracorriente de su mala fama en las sobremesas de postín y en ciertos círculos intelectuales.

Otro gran rosarino como Menotti, el célebre Fontanarrosa, se mofaba de la parábola que indefectiblemente describen las facultades futbolísticas de todo aquel que pisa una cancha. En un conocido cartón (publicado en El fútbol es sagrado), el creador de Boogie ilustró cómo durante los fogones primigenios y en la época de esplendor (si la hay), la cancha se corre; más tarde, cuando empieza el crepúsculo (aunque hay jugadores que viven sus carreras completas en fase crepuscular), la cancha se camina; por último, en las postrimerías, cuando lo único que queda es el entusiasmo, la cancha se habla (ocurre en todos los casos). La pequeña sociedad Caparrós-Villoro demuestra con Ida y vuelta que la cancha se puede hablar, y se puede hablar muy bien, desde el punto más alto de una parábola distinta a la que dibujó Fontanarrosa, ambos muy lejos del retiro literario e instalados en el cenit de su prosa.

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