La Ciudad Deportiva

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Visca el Madrid

por | March 26, 2014 9:15 AM
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El sentido de pertenencia es quizás el atributo más curioso que posee el fútbol. Dicha curiosidad surge de un asombro bipolar producto de lo fantástico y lo incoherente. El amor por un escudo, en muchos casos disfrazado de fanatismo, evita la lógica en su gestación y desarrollo. El querer ser parte de algo grande y exitoso, a corto plazo, nubla el juicio y aflora las emociones.

Un día salí a buscar algún partido, en alguna calle, que necesitase de mis hambrientas y cansadas piernas viajeras. Estaba en León, Nicaragua, tenía casi un mes sin jugar, eran alrededor de las siete de la tarde y hacía ese calor del que, extrañamente, los nicaragüenses se enorgullecen como si fuese patrimonio cultural. A la vuelta de las grandes iglesias y parques, encontré una cancha con tanta vida futbolera que nada le envidiaba a la cancha de una favela o una villa. Al término de la cáscara los nicaragüenses, de un nivel que superaron mis expectativas considerablemente (no sé porqué tenemos esa suposición de que el nivel de fútbol profesional de un país es proporcional al nivel de la gente que juega en la calle), me preguntan si blaugrana o merengue, a unos cuantos días del Clásico español. Les respondo que ninguno de los dos, que me da igual, y me devuelven la mirada como si hubiese dicho algo en otro idioma. “No, ya, en serio”, decían. “Pues sí, en serio, me vale dos kilos de…”, respondí. “¡¿Pero cómo?!”, insistían. “¿Pero qué quieres que te diga? No soy madrileño, ni catalán, ni español, no tengo descendencia española, ni amigos españoles, con descendencia española o que se sientan españoles, mi único equipo está en México y, por último, sencillamente no me nace ponerme una de esas camisetas, no tengo nada que me ligue a ellas”, respondí otra vez. “Pero son el Barcelona y el Real Madrid, el bien y el mal, o el mal y el bien, por más que uno no quiera tiene que tomar, con o sin intención, un bando”, remató. “Mmm… curioso”, volví a responder.

Ese Clásico no me tocó verlo con ellos. Me lo reventé en un pueblito llamado San Juan del Sur, unos cuantos kilómetros más al sur, valga la redundancia, con un amigo de Argentina, al que le habían robado absolutamente todo y viajaba conmigo estirando al máximo las pocas córdobas que me quedaban. Como en la cancha, donde juega uno, juegan dos. Con esas mismas pocas córdobas nos fuimos a un bar, pedimos sólo una cerveza por cabeza y las estiramos hasta que se convirtiesen en sopa. Tras el silbatazo inicial lo que nos tocó presenciar fueron 90 minutos de nicaragüenses, con camisetas blaugranas y blancas, gritando, maldiciendo, golpeando mesas, saltando, rasgándose las vestiduras, sufriendo, gritando goles como si su selección se los hubiese anotado a México, defendiendo escudos ajenos como si fuesen propios.

 

Foto Nicolás Tapia

 

Estaba sorprendido. Mi amigo estaba atónito. Yo, de alguna manera u otra, había presenciado algo similar en México, claro, no al grado de lo que estaba viendo en ese momento (que no dudo que exista gente así por estos lados). Mi vecino trasandino no había visto algo así jamás. En un país como Argentina, donde el fútbol es más que una religión, el efecto culé o merengue entra por la televisión y ahí se queda. Es totalmente entendible. Si has salido campeón del mundo dos veces, tienes al mejor jugador de la historia y al mejor de la actualidad, exportas piernas de oro a diestra y siniestra y, además, tienes a Boca Juniors y River Plate, dos gigantes locales, los otros dos gigantes de tierras lejanas, por más gigantes que le parezcan al mundo entero, apenas te llegan al hombro. “Y bueno, para nosotros no pasa de un «a ver qué hace Messi hoy»”, me decía.

Algo similar sucede en Turquía, donde el fútbol es más un espectáculo en la grada que en la cancha. Los aficionados turcos son capaces de ignorar por completo lo que está ocurriendo en el terreno de juego con tal de hacer sus –espectaculares- coreografías y cánticos sin distracciones. Asimismo, la fidelidad al escudo (al propio, al local) se da como en ningún otro lado. Quizás únicamente en Argentina se le acercan. Los Clásicos se ven, en conjunto y con mucha ansia, pero producto del respeto que el turco le tiene al fútbol de calidad y al vasto conocimiento futbolero que posee cada uno de ellos. A diferencia de México, es muy difícil que las abundantes camisetas del Galatasaray, Fenerbahçe y Beşiktaş se queden en el clóset por alguna ajena.

Mi asombro llegó a su clímax cuando estuve en El Salvador. El día del Clásico español (ojo, español, no salvadoreño) dispositivos de seguridad se esparcían por todo San Salvador y Santa Tecla como si el Presidente de algún país primermundista estuviese de visita. Cualquiera diría que es una exageración pero los titulares en los periódicos al día siguiente les daban la razón a los uniformados. “El Clásico deja X heridos en un bar”, “Riña madridista”, y así. Tremendo. Si el partido cae en día de semana, como ha sucedido algunas veces en los últimos años, presenciar la lucha Cristiano-Messi es más importante que cualquier actividad laboral planeada para ese día. “Es que de verdad se ponen muy locos aquí”, me decía un amigo periodista salvadoreño, quien le echaba la culpa de ese fanatismo a Emilio Azcárraga. Su teoría decía que en aquellos años que Televisa había fundado SKY, y había comenzado a invadir Latinoamérica con los derechos de las ligas internacionales, Telecorporación Salvadoreña, la principal cadena televisora de El Salvador, encabezada por el primo de Azcárraga (¡ja!), llegó a un acuerdo para que los derechos de la liga española se mantuvieran en la televisión pública. Dicho acuerdo hizo que la gente pudiera ver la liga española de manera gratuita y adoptarla como propia ante el paupérrimo nivel de la liga salvadoreña (fue tanto que años más tarde hasta emitían los programas Barça TV y Real Madrid TV en canales nacionales).

Cuando me pilló el Clásico en España fue algo totalmente distinto a lo que esperaba. Me tocó vivirlo en San Sebastián, o sea, fuera de España. Los vascos son únicos, para bien y para mal. Existe una leve inclinación barcelonista, que va más por una simpatía independentista que por una afiliación deportiva. Pero en esencia lo que haga el Barcelona o el Real Madrid les tiene sin cuidado, como al resto de España. Ese quizás ha sido el peor error de la LFP al centralizar una competencia en sólo dos equipos; los otros 18 terminan asqueados de ver los nombres de los dos gigantes hasta en la sopa. Más en Euskadi donde, desafortunadamente, intereses políticos se entrelazan con los deportivos.

En México el Clásico es furor y despierta pasiones hasta cierto punto exageradas de quienes lo ven como aficionados. El sentido de pertenencia es algo maravilloso, único y ejemplar. En el fútbol y en la vida. Pero hay quienes abusan de él. Su conexión abstracta pierde su autenticidad cuando se crea por moda. Y en México, eso sucede muy a menudo, no sólo con el Barcelona o el Real Madrid. Hay quienes realmente poseen una conexión genuina con alguno de estos dos gigantes, ya sea por algún familiar o alguna experiencia específica en el pasado. Yo siempre digo que uno no elige al equipo sino que el equipo lo elige a uno. No obstante, los barcelonistas y madridistas genuinos “hechos en México” son una minoría. Una selecta minoría. La gran mayoría adopta dichos escudos como propios por moda, por querer estar siempre del lado del más guapo o porque simplemente piensan que el producto local, por ser local, es automáticamente inferior. En espectáculo y nivel están en lo correcto pero, ¿acaso el amor a un escudo se mide en eso? ¿O en las emociones que despiertan en nosotros? Ganen o pierdan, sean mejores o peores, un equipo levanta las mismas pasiones en sus aficionados aquí, en España, en Tailandia y en Marruecos.

Nunca he tenido la fortuna de vivir un Clásico desde la grada. Sin embargo el experimentar, en distintas partes del mundo, la atmósfera que este gran evento genera es un cuaderno de historias que no tiene precio.

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  • Debe ser el gusto por ver al menos un buen patido de Futbol aunque sea una o dos veces por año.

    O debe ser la comodidad de irle a un equipo que si gana y si divierte y en el que no debes invertir un centavo y si pierden no se siente la burla tan de cerca o tan constante, el sentido de superación malinchista nos aflora y más cuando aquí damos espectaculos tan vergonzosos. Ahí yo tambien prefiero por mucho un Barcelona Madrid que un Chivas – América (y no por que sean malos partidos en automático, si no por que a mi juicio la mayoría de las veces realmente lo son).

    Pero al final del día ambos partidos y los 4 equipos me dan más o menos lo mismo. A Dios Gracias.

    Salu2.

  • Mi Alter-ego

    Que bueno encontrarme por acá a Nicolás y leer otra de sus aventuras por el mundo.

  • Lic. Jacobo Zabludovsky

    Creo que confundiste el termino ascendencia con descendiencia.

  • Ernesto

    Lo que describes es el puro Villamelonismo.

  • este neo fanatismo termina por darle poca credibilidad al nuevo aficionado. de manera muy personal mi apego al FCBarcelona, fue cuando mi hermano con su primer sueldo me regalo la playera original, eso y un disco de Korn, aquel no muy lejano 1999…….

  • muy buena columna Nico, desde 2009 Telecorporacion Salvadoreña dejo de pasar la Liga BBVA por un poroblema de acuerdos e incluso en ese canal pasan la Liga MX, bueno solo todos los partidos de los equipos de Televisa. un reflejo de como lo villamelon influye mucho

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